RESTAURANTE FÉLIX: CUANDO EL CENTRO VA AL ARRABAL

por Dante Rodríguez Pelecanachis

Félix significa “dichoso, feliz, afortunado, y, ¿qué es la felicidad? si no es cumplir los sueños, verse rodeado de gente que te reconoce y no tener que arrepentirse de lo realizado, porque lo realizado llevo felicidad a los que queremos. Supe que su vida no estuvo exenta de sacrificios y sufrimientos, pero el tesón y la tozudez que lo caracterizaban lo llevaron a intentar una y cien veces hasta conseguir ese designio de felicidad.

Mi recuerdo de nuestro encuentro es una fotografía mental a mediados de 1998 de un hombre vestido con camisa blanca, pantalón negro -casi de uniforme- de baja estatura, avanzada edad –tenía 82 años- pero con un andar firme y vivaz cuando se movía por el VIP del restaurante, sin preconceptos o especulaciones se ofreció con oficio y dedicación a quienes nos habíamos reunido, cordial, amable, por donde se lo viera atendió a todos por igual, generando un clima de calidez que no olvidaré. Con una mirada amiga y cómplice a la vez detrás de sus anteojos con marco de carey, se dirigió a los presentes viendo que dudaban en la elección del plato y nos dijo: “Déjenlo en mis manos, mientras piensan les voy a traer algo para que vayan picando”, minutos después en la mesa aparecían varias bandejas con ostras, langostinos, centollas, ranas a la provenzal, quesos varios y cochinillo, que el mismo sirvió.
En aquella ocasión, paradójicamente la reunión era de profesionales y empresarios que daban su apoyo a la alianza política que a la postre vencería a Carlos Saúl, el mismo que había hecho de ese restaurante un punto de agasajo personal, mucho antes de ser presidente.

Su hija Eli, el afecto más cercano después del fallecimiento de Irma, su compañera de toda la vida, me recibe en el semipiso donde vive con su marido, Roberto Miranda hijo de quien fuera el contador y amigo de su padre, también contador. Eli es, delgada y vivaz –un signo de familia pensé- preparó café y Roberto, trajo un gran sobre que depositó en la mesa del comedor, donde ella había guardado recortes de diarios y revistas antiguos que preparó para el encuentro.
Roberto muy concentrado y serio en sus precisas descripciones y Eli transfiriendo el toque femenino y amoroso al relato, café por medio fueron pintando la historia de este guerrero de la vida que nació en cuna de trabajadores y luchadores, en los arrabales al sur de la ciudad de Buenos Aires, en Avellaneda cruzando el Riachuelo.
Sus abuelos llegaron a la Argentina a principios del siglo XX y como otros inmigrantes sin ahorrar abnegación, generosamente iban a dar su aporte en un país que se estaba construyendo.
Francisco Estrada y María Consuelo Mosteiro formaron su familia con 5 hijos, todo un capital humano aportado a esta tierra. Él de ideas anarquistas se ocupó en sus inicios de conducir cargas como carrero y su mujer planchaba y cocía para terceros.
El primer hijo fue Félix, que nació el 28 de julio de 1916, luego vendrían Cándido (Cholo), José Alfredo (Mosquito), Amanda Celestina (La Negra) y Luciano Mateo.
Con una visión cinematográfica y retrospectiva, pude imaginar a ese chiquilín, Félix por los años 1923 a 1924, como dependiente de almacén y despacho de bebidas, completando por las mañanas copas de ajenjo con gotas de agua y los correspondientes platitos tres aceitunas verdes y negras (Importadas por supuesto). Con esa tarea ganaba allí la comida diaria y algunas codiciadas propinas consistentes en pequeños vales de los cigarrillos Condal, llegando a reunir algunos días 10 y hasta 15 centavos. Un platal para doña Consuelo, que lo valoraba y recibía con regocijo, era una ayuda para parar la olla.
Un tiempo después, comenzó a trabajar en el restaurant CHIQUIN, entonces en Cangallo y Suipacha. Su estrella ya despuntaba, se orienta a la cocina, tal vez el primer arte de la humanidad. El señor Borsolino su patrón, le encomendó una tarea diaria, la de codearse con el arte, llevándoles la vianda con comida a los artistas de teatro, fueron sus “clientes”, entre otros Enrique Muiño, Elias Alipi, Florencio Parravicini, Camila Quiroga y María Melato. La época era de dos funciones diarias de tres los domingos.
Tiempo después, su patrón, por la confianza que le inspiró, le dió una tarea más “delicada”, consistía en “pispear” la concurrencia de otros restaurantes vecinos e informar diariamente. Fue entonces que el maître Mingo, oriundo de un conventillo boquense, lo aconsejó sabiamente, “abrí bien los ojos y nunca le digas que en otro lugar hay más comensales que aquí” (aprendía así algunas picardías del negocio).

Por esos tiempos don Francisco trabaja en los talleres metalúrgicos Thysen y doña Consuelo –la gallega de Arsua, La Coruña- inicia un pequeño comedor en su casa ubicada en los fondos de la calle Uruguay, frente a la empresa y a pocos metros de la ubicación actual del restaurante, toda la familia se orienta a la gastronomía. Con la dirección de Félix y la mano culinaria de su madre, capturan el gusto y las apetencias de los carreros, troperos, obreros de los frigoríficos, las curtiembres, la aceitera BYCLA, metalúrgicos ECA, CATITA, entre otros. Se podía comer: el chucrut de los inmigrantes, la bagna cauda, el mondongo a la gallega, la buseca, las sopas suculentas y calóricas, la nutrida concurrencia obligaba a dar turnos para que todos tuvieran su oportunidad. La casa ya tenía su propia mística, allí se habían mezclado el conservador González Chávez; Fabián Onzari con algunos casi proscriptos radicales, otros con ideas libertarias, posiblemente coincidentes con las de su padre soñador de una sociedad de iguales.
“En el 36 cumple con el servicio militar en la marina, pero los 2 años promedio, para él fueron casi 30 meses bajo bandera por inconducta, tenía a quien salir“, señala Roberto para graficar su espíritu indomable.
A su regreso con sus hermanos y su madre trabaja en la fonda, allí fueron desarrollando toda su sapiencia, con cocina económica y de mayores recursos.

“Por esa época conoce a Irma Borchardt que era niñera en la casa de la familia Bemberg, ella era la típica institutriz, aplomada, recta y muy culta, trabajaba con cama adentro y salía los domingos, que era cuando se veían”. “Aunque tenía 6º grado, mi papá era muy culto y leía mucho, recuerdo que cuando terminaba su trabajo aunque fuera muy tarde, siempre leía antes de dormir”, explica Eli y cuenta que sus padres eran muy unidos, “mi mamá fue la compañera ideal, lo acompañó en todos sus emprendimientos”.
“Cuando se casan van a vivir a Barracas, el pone un almacén-despensa y sodería con un reparto que llega hasta la Boca, pero lamentablemente enferma y tiene que dejar de trabajar y nos mudamos a la casa de mis abuelos a Lanús y vuelven a comenzar”. “El sacrificio era diario y no la pasamos tan bien, y si no había leche se les daban cascarilla con agua a los chicos en esas épocas” comenta.
“Hicieron de todo, él changas, mi mamá tenía una receptoría de tintorería y hacía cuellos de camisa que vendía en la avenida Canning, yo era chiquita y la acompañaba”.

Por fin entrados los años cincuenta y con renovado empuje, doña Consuelo, que ponía amor en la olla cuando cocinaba él y su esposa Irma, dan un nuevo impulso al ya añejo restaurant, y con ellas entrelaza experiencias “una trilogía memorable” diría entonces un viejo resero.
La clientela va cambiando y a los obreros de las empresas se suman los ejecutivos y dueños de las industrias de la zona Gurmendi, GRD, Crysler, Félix empieza a incorporar un menú internacional y Eli con Irma van al mercado de Av. San Juan y Av. Entre Ríos a comprar el pulpo y los mariscos, en modestas cantidades al principio.

En el año 1956 compran el lugar que hoy ocupa el restaurante en Ecuador 794. El y su madre en la cocina, don Francisco de ayudante, Irma en la barra, todos dan el impulso, Eli recuerda, “en la parte de atrás del restaurante lo que ahora es el salón reservado, vivíamos”.
En la vereda no estaban los viejos palenques, los bebederos para los caballos, ya no es balneario de los pobres el cercano Riachuelo, y se ha extinguido la pesca, el agua quieta y llana, entonces zaina, es ahora parda y espesa, naturalmente son otros los comensales. Pero el lugar como todo lo que tiene historia auténtica, conserva la mística y los duendes de los antiguos habitué, la voz del payador Echeverría, el rezongo del bandoneón de Troilo y más tarde el de Piazzola, que en nostálgicas noches supieron sahumar para siempre el ambiente.

Cuando asomó la década del 60, Félix comenzó a introducir algunos cambios en el menú. Seguía siendo sencillo y contundente, como sus comensales, pero incorporó de a poco algunos platos más elaborados, a base de pescado. Sin sospecharlo, nacía la leyenda. Los guisos, de a poco, fueron cediendo terreno ante las ranas, el pulpo y el bacalao, preparados según recetas tradicionales españolas y la fama de semejantes manjares comenzó a acercar a otro público. Para entonces se vivía otro boom, el de la creatividad. El abanico social se abrió en todos los campos y el restaurante vio llegar a una nueva clientela. Esta vez eran músicos, pintores, políticos, artistas, deportistas, empresarios, diplomáticos y la elite social.
La cocina y la increíble bodega podían satisfacer a los paladares más exigentes: en los platos se servían las mejores ostras, langostas y centollas, en las copas los vinos y champagne más prestigiosos del mundo. Para entonces, Félix ya era un mito.

Un ambiente pequeño mesas de varios tamaños sillas de madera tapizadas en pana, alfombras, cortinados, paredes repletas de botellas de vino, licores y otros productos, -parte de la colección de Félix- , luces de neón que forman los nombres de casi todos los países del mundo –en honor a sus clientes extranjeros- y cuadros de diferentes artistas como la serigrafía de un Castagnino de don Osvaldo Pugliese dedicado por él convierten el restaurante en un oasis donde el confort, la calidez y el buen gusto se suman a la exquisitez de sus comidas
Benito Quinquela Martín amigo de la casa festejó su casamiento allí. Raúl Soldi, otro de los maestros de la pintura argentina, fue por primera vez un mediodía de 1985. En la sobremesa, recordó un raro licor italiano que, por cosas de la guerra, había pasado a ser yugoslavo. Félix asintió, era el Maraska. Se levantó y, para sorpresa de todos, volvió con dos copas: una de Maraska con sabor a peras y otra con sabor a guindas. Meses después, el maestro volvió. Tras el postre, Soldi contó que Paul Gauguin era aficionado al Pernod 45, una bebida ya inexistente, prohibida por el gobierno francés a causa de su alta graduación alcohólica (45º). Cuál no sería su sorpresa al ver aparecer, en segundos, una botella. Para desafiar al dueño de casa, nombró al fin un vino rarísimo, el Grave del Friuli. No había terminado la frase cuando se volvió a sorprender: Félix había colocado un ejemplar sobre la mesa.
Fueron asiduos concurrentes personalidades del deporte como don Alfredo Distefano “La saeta rubia”, Erico, Sastre, De la Mata y más acá Bochini; dirigentes como Alberto J. Armando o Grondona y una larga lista de músicos, actores, periodistas, diplomáticos y políticos.
Los 14 de julio Félix estaba invitado a la recepción que daba el embajador Antuan Bianca en la embajada de Francia.

Personalidades como Graciela Borges, Mirta Legrand o Pinky concurrían y reconocían en Félix al anfitrión preferido. “Entre Cacho Fontana y él había una relación de amistad”, afirma Eli, “esa de hacerse regalos para los cumpleaños”. Tato Bores concurrió a menudo y Berta se convirtió en gran amiga de Irma, que siempre detrás de la barra preparaba los postres y los cafés.

“Mi mamá había inventado Las Frutillas Flambé que preparaba con una bocha de helado y coñac flambeado” y para relatar como era de puntillosa con todo, Eli comenta que finalizada la jornada contabilizaba cuantos cafés y postres había preparado, como para dejar sentado que se había ganado el sueldo.

“Un capítulo fueron los mozos que funcionaban muy coordinados con Félix tenían características muy al estilo de él, no creo que hubieran encajado en otro restaurante” dice Roberto que menciona también a Antonio Vázquez que además de mozo era sociólogo.
Félix fue siempre un hombre del barrio, de Piñeyro, defendió y ayudo a las instituciones de Avellaneda y su éxito radicó en su personalidad y su arte gourmet, muy localista, no viajó aunque podía hacerlo fuera del país hasta después de 1980, cuando su nieta se fue a Canadá. Desde ese momento la escusa fue llevar a los 7 nietos a pasear y así los llevó en varias oportunidades a Cuba y otros destinos.
Fue feliz y repartió felicidad, falleció un día después de festejar los 50 años junto a Irma. Félix supo hacer de este sur arrabal el centro de atracción, no por esnobismo, sino por mérito propio y de su restaurante el sitio de reunión más selecto e importante. Conjugó historia, buen gusto, calidez, cordialidad, experiencia e imaginación, una fórmula infalible.

Acerca de Hernán Bravo

Director y fundador del periódico La Voz de Piñeiro desde 2003. Técnico superior en Periodismo egresado de TEA en 1998.

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