CRÓNICA DE UNA OLLA POPULAR EN PIÑEIRO

Por Texto Hernán Bravo – Fotografías Néstor García

El barrio de Villa Pobladora en la localidad de Piñeiro tiene unas 20 manzanas y apenas dos ingresos. Está cercado por las vías del ferrocarril y por dos avenidas de mucho tránsito vehicular y de pocos peatones. En una de las entradas se impone el Restaurante Félix, el orgullo del barrio,  un restaurante de comida internacional que arrancó como fonda de trabajadores asalariados  y se convirtió durante la década del noventa en un lugar de referencia de la farándula menemista. Una  mezcla de políticos, artistas y deportistas lo transformaron en el ejemplo del ascenso social de aquella época. Pero no se trata de un recorrido gourmet, el local gastronómico está cerrado y no se sabe siquiera si volverá a abrir. El Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio para frenar la Pandemia del Covid-19 no permite el funcionamiento de estos comercios, pero dio inicio a una red de ollas populares, que se sostienen en base al esfuerzo y la solidaridad de quienes las llevan adelante. Sus comensales son otros, quizá las víctimas lejanas del modelo que alentó esa farándula. En Villa Pobladora hay una que funciona de lunes a sábados desde la caída de la tarde.

Faltan solo unos minutos para las 19 horas del 25 de mayo feriado. El sol ya no está y hace bastante frío. Las calles de este barrio de Avellaneda están desiertas y bien asfaltadas. Las casas son antiguas, de las primeras décadas del siglo XX, cuando se fundó el asentamiento urbano. En su mayoría están bien conservadas o recicladas a nuevo. La iluminación es buena y las cámaras vigilan desde cada casa. La olla popular funciona en el Polideportivo Vías del Sur, que está al fondo del barrio, pegado a las vías del tren que marcan los límites territoriales.

Unas 40 personas hacen la cola que ocupa una cuadra.  Todos tienen su barbijo y mantienen la distancia social estipulada. Hay una amplia mayoría de mujeres que aguardan mientras conversan entre ellas. “Hoy hay locro”, avisa Juan. Tiene 40 años y está desocupado hace tres. Vive en Valentín Alsina junto a su padre octogenario. Todos los días camina unas 20 cuadras de ida y otras tantas de vuelta para proveerse de una comida caliente. La fila avanza y los comensales se retiran rápido mientras saludan a los que llegaron más tarde. “Se acabó el pan”, avisa uno de los muchachos del club a las personas que quedan en la fila y han crecido en número.

El tablón donde se sirven las viandas está ubicado frente al  portón del club del lado de afuera. Un escudo gigante negro, rojo y amarillo dibujado prolijamente con pintura en aerosol recibe a los vecinos que van a buscar su ración. Dos muchachos con los tapabocas decorados también con la insignia son el primer contacto. Uno es corpulento y ofrece sanitizante; el otro,  más joven y enjuto toma nota de las raciones retiradas.

La atención es rápida. Un hombre de unos 50 años recibe el recipiente y se acerca a la olla para que le sirvan las porciones requeridas, otra chica prepara alguna fruta y paquetes de galletitas. “Se acabó el pan, porque no recibimos muchas donaciones”, cuenta la mujer. Quedan pocas personas en la fila. En el Polideportivo Vías del Sur está por terminar otra jornada de intenso trabajo solidario. Mañana será otro día y allí volverá a repetirse la misma escena. Como día tras día desde el 25 de abril.

Cuando arrancó la cuarentena, Guillermo Koppe se quedó sin sus dos trabajos. Ambos eran precarios pero le permitían parar la olla cotidiana de su casa donde vive junto a  su mujer y cuatro de sus hijos. El dueño de la remisería decidió bajar la persiana y el auto que alquilaba durante los días de semana le costaba mil pesos diarios. “Con la cuarentena es imposible juntar esa plata”, asegura.  Los fines de semana se desempeñaba como personal de seguridad de Mi Club, una discoteca de Banfield con 70 años de antigüedad y que ya anunció su cierre definitivo. Mi Club es el boliche más  viejo de Sudamérica y no resistió.

A Guillermo no le queda otra. Todas las mañanas  y tardes las ocupa en ir de una olla a otra para poder darle de comer a la familia. Con paciencia y datos que le fueron llegando de boca en boca armó una red que le permite alimentarse en tiempos de pandemia. “Por suerte en esta olla hacen buena comida, está a pocas cuadras de mi casa  y sólo no están los domingos”, afirma, aunque seguro que se las arreglaría para llevar la comida al hogar, como lo hace todos los días. Guillermo se pierde, cacerola en mano,  por las desoladas calles de Villa Pobladora para volver a su casa. Su historia es seguramente similar a la de la mayoría de los que concurren al polideportivo por estos días aciagos.

El origen

Georgina Cermello es vecina de Piñeiro donde vive desde niña. De ella nació la idea de la olla Popular a los poquitos días del inicio del aislamiento social que decretó el poder ejecutivo el 20 de marzo. “Me preocupaban mucho los vecinos y las vecinas que ya venían complicados económicamente y decidimos, con mi marido, comenzar con la olla acá en casa. “El mayor virus es no ayudar en momentos como este”, sostiene Georgina. A los pocos días la demanda comenzó a superar la capacidad que tenían  para producir y empezaron a tener cierto temor. “Tengo dos hijos pequeños y mi papá es grupo de riesgo, además solos no podíamos mantener eso que habíamos empezado”, relata Georgina.

El inicio fue con las donaciones de amigos y vecinos que se sumaron a la acción solidaria de Georgina. Ella nunca  había tenido una experiencia de participación comunitaria o social, solo una voluntad cercana al voluntarismo fue  lo que la motivó a comenzar esta enorme tarea. De hecho, a la familia no le sobra nada, viven de la distribución y venta de artículos de limpieza. Eso sí, Georgina estudió cocina y se recibió de chef. Con ese saber pudo durante las dos primeras semanas satisfacer la creciente demanda de los vecinos.

Martín Giménez se dedica a la compra y venta de metales. Lo hace en un pequeño galpón que tiene en Lanús. No le va mal económicamente. Vive en Piñeiro y su tiempo libre lo dedica a su familia, a ir la cancha a ver a Boca y a  presidir el Polideportivo Vías del Sur. Georgina y Giménez se conocen desde que eran chicos y, además, son concuñados.  Cuando Georgina y su familia se dieron cuenta de que la cantidad de vecinos que asistían a buscar su vianda los estaba superando, Martín ofreció las instalaciones del club para poder continuar con la tarea solidaria más cómodamente.

El Polideportivo Vías del Sur es un club moderno y joven. Se inauguró el 1° de octubre de 2011, pero su nacimiento fue dos años antes cuando los vecinos de Villa Pobladora iniciaron una serie de asambleas y movilizaciones para evitar que la Municipalidad de Avellaneda  construyera viviendas sociales en el espacio que hoy ocupa el club. Fueron intransigentes. Esos terrenos habían sido donados por la empresa Acindar para que se hiciera un club, ya que en el barrio no había ninguna institución deportiva. Hacía varios años que el trámite estaba perdido en la burocracia municipal y el proyecto había quedado en la nada. La rebelión apuró los trámites y en poco más de dos años el club era un hecho. La obra se hizo con fondos del Estado, importantes donaciones de algunas empresas de la zona y el aporte voluntario de los vecinos  del barrio.

El resultado de esa iniciativa fue un club pequeño pero bien equipado. Tiene un amplio salón de usos múltiples, una parrilla, vestuarios, baños,  un bufet con una cocina espaciosa y dos canchas de fútbol, una de ellas de césped sintético. Las instalaciones permiten que el club desarrolle variadas actividades deportivas, juegan en dos categorías de fútbol infantil, hay patín y tela, entre otras. La actividad social antes de la pandemia era intensa.

El equipo

Son las 16 horas del 15 de junio. El sol brilla y aún calienta la tarde en las desiertas calles de Villa Pobladora. En Tuyú 1645, las puertas del Polideportivo Vías del Sur están abiertas de par en par. Lo primero que se ve al entrar es la olla. Está muy  negra del humo de la leña que usan para cocinar. Llama la atención su tamaño, tiene unos 50 centímetros de altura y otros 60 de diámetro. En su interior plateado se ven las costuras metálicas que unen esa herramienta indispensable. “Era una olla industrial de la empresa alimenticia Noel”, cuenta Martín Giménez que la trajo de su galpón y conoce la historia.

Para llegar a la cocina donde los integrantes de la olla popular realizan los preparativos previos, hay que pasar por el salón de usos múltiples. Allí las telas de colores que las niñas usan para entrenar en esta disciplina circense cuelgan inertes, debajo contra una pared se acumulan cajones de frutas de una donación hecha por un productor del sur del país, amigo de Giménez,  y que desde el club fueron a buscar el domingo al Mercado Central.

En la cocina ya hay varias personas trabajando. Luciana pela una bolsa de  papas sentada en un banquito. En la vieja normalidad ella llevaba a su hija a patín, en la nueva asiste al club para colaborar con las preparaciones previas. Sobre una mesada, Leandro corta carne, a unos pocos metros Micaela y Carlos pican cebollas y zanahorias. Todos usan guantes y barbijos Ninguno sabe qué se va a cocinar, son parte del primer grupo, el que lava, pela y corta lo que más tarde será la comida. Son los primeros en llegar y también los primeros en irse. El menú lo arma Georgina y deja las indicaciones de los preparativos que hay que hacer antes de empezar la cocción. Se los nota entrenados en estos menesteres.

El buffet está lleno de mercadería. Se acumulan ordenadamente fideos, arroz, lentejas, polenta, salsa de tomate y aceite, bolsas de papas, cebollas, zapallos y zanahorias. Son las donaciones que realizan los vecinos, los comerciantes, los socios del club, empresarios y todos aquellos que simpatizan con la iniciativa. No hay aporte estatal para las ollas que brotaron espontáneamente por los rincones del conurbano. La asistencia alimentaria  del Estado es para los comedores registrados y a través de las escuelas, donde quienes tienen hijos retiran un bolsón de mercadería cada 15 días. “Lo que más cuesta conseguir son la carne, el tomate, los condimentos y el pan”, cuenta Giménez.

Pasadas las 17 horas llegan Nacho, Pini y Roberto. Están a cargo de retirar las donaciones y les toca terminar de cocinar y entregar la comida del día. Nacho tiene 20 años y dirige una categoría de fútbol infantil, luego de haberse retirado hace unos años, además, es el encargado de llevar las estadísticas. Pini trabaja con Giménez y es el más inquieto y extrovertido. Roberto es el buffetero del club.

En total son 13 las personas que participan de la Olla Popular del polideportivo. En tiempos digitales y de enemigos invisibles, se organizan a través de la aplicación de mensajería Wathsapp y a través de las redes sociales difunden su trabajo y solicitan las donaciones necesarias para seguir la marcha. “Los nombres no importan tanto, somos un equipo”, dice Pini. Es lógico, pues un club cuenta con la gente organizada capaz de llevar adelante semejante desafío. “Sin una organización anterior, llevar adelante una olla de estas características en imposible”, asegura Giménez.

La comida está lista

El menú del día es guiso de fideos. Hoy está a cargo de la cocción el presidente del club que llegó hace rato. Las cacerolas  humean en las hornallas de la cocina industrial y el aroma invade el ambiente. Son los pasos previos. Luego irá todo junto a la olla gigante que está a la entrada, donde ya están prendiendo el fuego Roberto, Pini y Nacho. Allí realizarán la cocción final para comenzar la distribución de la comida. Ya hay gente afuera que espera que se hagan las 19 horas para recibir su porción.

Entre los que esperan afuera está Sebastián, que tiene 4 hijos y vive a unas 10 cuadras del polideportivo. Trabaja en la Municipalidad de Avellaneda y el sueldo le queda corto. Cuando se acerca fin de mes va a la olla popular y retira las raciones para la cena. “Esto ayuda mucho y la comida es muy buena”, cuenta un poco avergonzado. “Entregamos entre 150 y 250 porciones por día, pero la demanda aumenta los últimos días del mes”, ratifica Nacho y muestra una hoja de excel. .

Son las 20 horas y ya se ve el fondo de la olla. Casi no quedan raciones cuando llegan rezagadas  las últimas dos mujeres. Raspan lo poco que queda y apenas alcanza para llenar los recipientes. “Fueron 150 raciones”, resume Nacho. Se cierran las puertas y Pini lava la olla. Mañana será otro día y habrá que volver. La solidaridad en este lugar no descansa, muchas familias dependen de eso.

Acerca de Hernán Bravo

Director y fundador del periódico La Voz de Piñeiro desde 2003. Técnico superior en Periodismo egresado de TEA en 1998.

Ver todas las entradas de Hernán Bravo →

Un comentario en «CRÓNICA DE UNA OLLA POPULAR EN PIÑEIRO»

  1. Yo ya no estoy en la olla. Pero agradezco siempre las puertas abiertas para seguir con el sueño de ayudar!
    No decido menú ni opino. Es el club el q se encarga día a día de llevar a cabo la acción.
    Gracias Hernán por correr las voz siempre!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.