LA MEMORABLE INUNDACIÓN DE 1967

Las situaciones extremas sacan siempre lo mejor y lo peor de las sociedades. Para el 12 de octubre de 1967 se produjo en el gran Buenos Aires una inundación que afectó a amplias zonas de los partidos de Avellaneda, Lomas de Zamora y Lanús, sobre todo de aquellas cercanas al Riachuelo. La localidad de Piñeiro fue uno de los epicentros de la catástrofe ocurrida. Las avenidas Pavón, Galicia y Rivadavia se inundaron. Vecinos y vecinas recuerdan hoy los sucesos de entonces.

El sol radiante de la tarde del 12 de octubre no daba señalas de la tragedia que estaba por suceder. Los días previos habían llovido un record de milímetros de agua que aumentaron notoriamente el caudal del río Matanza-Riachuelo. El país era gobernado con mano dura por la dictadura militar de Juan Carlos Onganía, cuyo poder político se basaba en la guarnición de Campo de Mayo. Entre los vecinos circuló la versión de que la inundación se produjo por la voladura de unas compuertas de contención del río Matanza en el límite entre los partidos de La Matanza y Estaban Echeverría para evitar la inundación de un barrio militar.

Sin embargo,”la crecida de octubre de 1967 fue la mayor registrada hasta el momento, con un caudal pico estimado del orden de 1.330 m3/s. Lamentablemente la ausencia de datos hidrológicos  sistemáticos no ha permitido hasta el momento realizar un análisis estadístico preciso sobre este tipo de inundaciones. Sin embargo, estudios basados en modelos matemáticos han permitido estimar que un caudal máximo de esa magnitud poseería un tiempo de retorno del orden 80 años. De ocurrir, los efectos de un evento semejante serían sentidos de manera directa por más de un millón de personas”, escribió el ingeniero hídrico Juan Carlos Bertoni, en su trabajo las Problemáticas de las inundaciones urbanas, sobre la cuenca Matanza Riachuelo.

Las consecuencias de la inundación ocuparon ríos de tinta en tapas y páginas de los diarios de entonces pero nunca se aclararon las causas. Según las primeras informaciones hubo 16 muertos, 25 desaparecidos y alrededor de 60  mil evacuados. La mayoría de las víctimas fatales a causa de electrocución. Pero también hubo otras víctimas fatales por la situación. “En Pavón al 900, esquina Arredondo, estaba la farmacia El Cóndor, propiedad de José Arias, quien junto a su esposa Ana y sus hijos pasaron esa inundación en el primer piso. Cuando pudieron bajar y vieron el estado de la farmacia, don José falleció por la impresión”, cuenta el vecino Horacio Arzeno.

El agua comenzó a brotar de las alcantarillas y en pocas horas el agua alcanzó varios centímetros de altura anegando a la mayoría de los barrios de Piñeiro. De nada sirvieron las bolsas de arena que pusieron algunos vecinos más previsores en las puertas para evitar lo inevitable. El agua poderosa arrasó  y penetró por todas las hendijas. La tragedia marcaría de distintas maneras la memoria de los vecinos.

La inundación dio pasó a montones de anécdotas y recuerdos. Situaciones de solidaridad y momentos cotidianos desarrollados en un contexto  extraordinario que afectó a las familias del barrio. Hechos románticos y pérdidas irrecuperables se dieron cita durante esa gran inundación, la mayor de las producidas en la zona.

El terraplén de las vías del ferrocarril de carga que atraviesan y dividen  la localidad de Piñeiro, esta vez sirvieron de base de operaciones de los Bomberos Voluntarios y vecinos solidarios que colaboraron para ayudar a los principales damnificados con la distribución de enseres y comida para los afectados. La presencia del terraplén impidió que el barrio de Villa Pobladora se inundara y en su Sociedad de Fomento General San Martín funcionó un centro de evacuados. En el mismo terraplén el ferrocarril instaló una formación para cobijar en sus vagones a algunas de las familias.

Automóviles y colectivos dejaron de circular para darle lugar a botes, lanchas, gomones  y cualquier plataforma improvisada que flotara y sirviera para trasladar cosas y personas. Los botes y remeros del club Regatas de Avellaneda jugaron un papel fundamental en la asistencia a los afectados. “Yo era remero en Regatas y llevamos los botes hasta el terraplén y de ahí llevábamos gente a ver sus casas, pues muchos salieron a trabajar y cuando volvieron se encontraron con la sorpresa”, asegura Horacio Urbano Correa Fassi.

“Recuerdo haber visto pasar en un bote por la calle d mi domicilio al pediatra de mi hermana y mío, Julio Silva Croome”, asegura Ana Maria Oliva décadas después de los hechos.

No faltaron  quienes a nado surcaron las calles inundadas con las aguas barrosas del Riachuelo llenas de petróleo, aceite y demás pestilencias para ir y venir a sus hogares o los románticos enamorados que entre brazadas y patadas se acercaban a socorrer a sus doncellas anegadas. “Mi papá era sodero en esa época y  estaba de novio con mi mamá. Fue nadando hasta la casa para ver si ella y sus padres estaban bien”, recuerda Marcela Fabiana Mattera Pumita.

En general los hombres, pero también familias enteras pasaron la inundación encaramados y amontonados en los techos de las casas para cuidar las pertenencias que habían logrado salvar de la sorpresiva inundación. Allí compartieron cenas y penurias los mayores e inocentes aventuras los más pequeños ignorantes de la tragedia que azotaba a sus familias, todo a la luz de una luna llena que era testigo del fenómeno.

Rosa Ferraro rememora que fue en el techo de su casa de Entre Ríos e Itapirú donde festejo su cumpleaños números 11. “Con  torta y bombas de dulce de leche  y crema  pastelera pero con muchos  más con vecinos El agua llegó hasta las ventanas y fue un desastre total”, cuenta.

El agua en algunos casos tardó hasta tres días en bajar. Las zonas afectadas fueron declaradas insalubres y luego los vecinos tuvieron que ser vacunados. Según el Diario Clarín del 14 de octubre, “se decidió la voladura de una paredón cuya explosión dio libre cauce a las aguas”.  La magnitud  de la inundación fue tal que suspendieron las clases, decretaron feriado bancario y se creó un fondo nacional de emergencia.

Finalmente, las aguas bajaron turbias y los vecinos pudieron volver gradualmente a sus hogares. En las antiguas casas  pueden verse las marcas del agua empetrolada en las paredes, invisibles también quedaron las marcas en la memoria de los vecinos que aún con el tiempo no pueden olvidar los hechos de esa inundación, la de octubre de 1967.

Acerca de Hernán Bravo

Director y fundador del periódico La Voz de Piñeiro desde 2003. Técnico superior en Periodismo egresado de TEA en 1998.

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Un comentario en «LA MEMORABLE INUNDACIÓN DE 1967»

  1. En esa época vivía en Tuyú entre Mario bravo y entre ríos..con 1.67 mts. de agua lo soportamos en la parte alta de la casa que era de chapa como las de la Boca.Todo pasó cuando volaron el paredón de Gurmendi. Que sostenía la masa acuática la que se escurrió hacia el riachuelo.

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